Diluviaba en Berna

Me imagino Fritz Walter mirando el campo de concentración a través de la ventana de su barracón. Debería estar nervioso, tenso, resignado. Los rusos habían llegado y estaban dispuestos a llevarse todos los prisioneros alemanes a gulags soviéticos. Alemania había perdido la Segunda Guerra Mundial.

Walter, paracaidista de las tropas germanas, había sido enviado años antes en la frontera entre Hungría y Eslovaquia. Lo hicieron prisionero de guerra y lo deportaron a un campo de concentración húngaro, donde tomó la Malaria. Desde entonces, Fritz Walter prefería la lluvia y los días grises y nublados.

Desconozco si ese día llovía o hacía calor. Los rusos, sin embargo, decidieron no llevárselo. Los guardas aseguraron que Walter no era alemán, sino austriaco. Los húngaros habían cogido cariño a aquel joven alemán alegre y optimista que jugaba partidos de fútbol amistosos en el campo de concentración.

Fritz Walter salvó la vida y consiguió volver a su Alemania natal, donde decidió jugar de nuevo al fútbol. La guerra truncó darle una carrera que ahora estaba dispuesto a continuar, a pesar de su veteranía. Ingresó de nuevo al Kaiserslautern, el club con el que debutó cuando sólo era una joven promesa de 17 años. Con 31 años ya cumplidos, volvió a coger el timón del equipo y lideró un conjunto que fue campeón de Liga los años 51 y 53.

Fuente: conti soccer world

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